domingo, 23 de junio de 2013

ROMANCE DESDE EL MAS ALLA. Por Dra. Mireille Escalante Dimas

Circe, a la edad de diecisiete años  regresaba a su casa en San Salvador,- adonde su familia,  orgullosa - titulada de Bachiller, después de haber vivido por muchos años, en Comayaguela, Honduras,  con sus abuelos. Era víspera del fin de año, el frío de la temporada se sentía, las golondrinas del Teatro Nacional estaban  abarrotando los cables de la luz eléctrica,  era el treinta de Diciembre del dos mil ocho. Había calculado exactamente estar en la  fecha justa para recibir el Año Nuevo. Ansiosa de volver a casa de la Tita, su madre, se encontraba sobre la Calle El Escorial situada a la derecha de Colonia La Providencia, sobre la cuesta de de la Colonia Dolores, y de Los Tanques de Holanda, la misma calle que desemboca en el Zoológico del Barrio Modelo, de San Salvador.

La casa donde vivía la Tita, construida por Ingenieros expertos en suelos de desnivel, desde la terraza, se  dominaban los rumbos Norte, y Sur. Hacia el Norte lindaba con las casas vecinas que existían sobre la misma calle; y hacia el Sur, el Volcán de San Salvador erguido besando el cielo azul, y abajo, en un hondo precipicio, casitas pequeñas del tamaño de cajas de fósforos, formando las colonias y barrios aledaños; la casa construida de  tres pisos. La entrada, al nivel de la calle pavimentada, al abrirse la puerta principal se exhibía la sala principal de la casa, decorada la pared blanca con un inmenso espejo cuyo marco dorado semejaba un sol;  una habitación con la moderna cocina   y un extenso extractor de humo;  el elegante comedor de fina madera caoba, con sus cuatro patas de león ; en el piso inferior, abajo, estaba el bar separado de la terraza por una puerta  de vidrio. Un pequeño mirador, donde se recibía la brisa, tanto del sol matutino, y vespertino; noche y su rocío. Apreciándose  el lucerío de las colonias; ahí, hermosamente colgaba un trapecio de cadenas doradas, asiento de madera pulida, que servía para mecerse, y un diván del siglo pasado; se admiraba en la lontananza el paisaje de San Salvador;  y en el sótano, los dormitorios de la Tita y de Circe. Todas, las paredes,  decoradas por muchos cuadros de reconocidos pintores salvadoreños. 

Circe, por su edad, inquieta, apenas amaneció al siguiente día, y teniendo como excusa la celebración del Año Nuevo, se dirigió a la calle, donde se encontró afuera con sus vecinos,  dos jóvenes  que dijeron llamarse  Maricarmen, y Jorge Eduardo, ambos  universitarios, cada uno de veinte años
e inseparables, se les notaba a flor de piel el amor mutuo que se profesaban. Circe, los invitó a la cena de la medianoche. Los jóvenes, encantados aceptaron, y ofrecieron llegar.

Al siguiente, amaneció siendo el Treinta y uno de Diciembre, la Tita en el curso del día, se afanaba en preparar el pavo, y Circe le ayudaba aderezándolo. Por supuesto que también estaban invitadas las amistades de la Tita para recibir la noche el Nuevo Año; y cumpliendo con la tradición cenaron los invitados a las doce en punto, brindaron con Champán y vino, admiraron regocijados desde el mirador, las luces de pólvoras. El aparato tocaba a todo volumen la música tradicional del Año Viejo: Faltan cinco pa las doce, El Año Viejo se va; Mi dulce Madrecita…

Al amanecer, los invitados, uno a uno fueron despidiéndose… Maricarmen, y Jorge Eduardo, también  regresaban al vecindario,  su casa. Por su edad, Circe, y por no estar acostumbrada a tomar vino, mareada se fue a dormir. Estaba en lo mejor de conciliar el sueño, y por su sopor, no podía distinguir si en realidad estaba ocurriendo, lo que escuchaba a través de la pared, no distinguía  si era el exceso de bebida, o su imaginación. Ella escuchaba al otro lado de la pared de su dormitorio, unos extraños ruidos… eran unos lamentos, gemidos como de dolor, ó tal vez de pasión, suspiros y risas entre cortadas; a Circe esta situación  le causó emociones libidinosas, y  le gustó el despertar erótico de sus sentidos, y al fin,  logró dominarle el sueño,  en medio de  estrellas y luces fugaces en la nocturnidad de su habitación.

Al siguiente día, el Uno de enero, al nomás despertarse, se dirigió  a  la casa vecina en busca de sus nuevos amigos. Para su sorpresa, una anciana abrió la puerta, y le comentó que Maricarmen y Jorge Eduardo, jóvenes estudiantes universitarios, si habían vivido ahí , muchos años atrás, pero en el año de 1979, a la edad de veinte años, unos sujetos vestidos de civiles, en un vehículo Jeep verde olivo, se los llevaron rumbo desconocido;  ellos habían aparecido a la semana, muertos, y en estado de descomposición debajo de la peña conocida como Puerta del Diablo, en Los Planes de Renderos.

La Puerta del Diablo, un paraje desde siempre, turístico, situado a un kilómetro al Sur del Parque Balboa, con vista panorámica, formado por dos rocas separadas desde donde se divisa el litoral del Océano Pacifico, la Villa de Panchimaldo, el Lago de Ilopango, el Cerro de La Pavas y el Volcán de San Vicente. Su nombre, está bien puesto, ya que en la antigüedad, los indígenas lo usaban para brindar sacrificios humanos a sus “dioses”; posteriormente, los cuerpos represivos, torturaban políticos enemigos del gobierno de turno, colgándolos de los pies, boca abajo, desde lo alto, donde los terminaban lanzando al vacío. 

Efectivamente, en ese mismo lugar,  habían encontrado a Maricarmen y a Jorge Eduardo; habiendo sido también el lugar de hallazgo de la famosa bailarina de danza folclórica  Morena Celarié, dos  días antes  de su cumpleaños, el 22 de abril de 1972. Esta artista  se hizo famosa porque siendo coreógrafa graduada del Palacio de Bellas Artes de México, daba presentaciones gratuitas de danza en las escuelas, centros rehabilitación, y en el interior del país.  En cierta ocasión ella declaró:  “Soy bailarina por naturaleza, y no hay duda que bailé en el vientre de mi madre, antes de nacer.”
 Cuentan que ella vestiría siempre de blanco, para cumplir con la promesa que una vez le hiciera a la Virgen Morena, la Virgen de Guadalupe de México, ya que durante su infancia había tenido principio de poliomelitis, y estuvo confinada a vivir muchos años en una silla de ruedas, pidiéndole para ese entonces, a la Virgencita que le hiciera “el Milagro”, de hacerla caminar nuevamente, que ella, le cumpliría dedicándole su vida a danzar, vestida siempre de blanco. 

Circe le aseguraba a la ancianita que Maricarmen y Jorge Eduardo, habían estado disfrutando la cena de Año Nuevo, en casa de la Tita, su madre, y que todos los invitados habían conversado con ellos, que los habían visto, por lo que le era imposible creer que estaban muertos!













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