Circe, a la edad de
diecisiete años regresaba a su casa en
San Salvador,- adonde su familia, orgullosa
- titulada de Bachiller, después de haber vivido por muchos años, en
Comayaguela, Honduras, con sus abuelos.
Era víspera del fin de año, el frío de la temporada se sentía, las golondrinas
del Teatro Nacional estaban abarrotando
los cables de la luz eléctrica, era el
treinta de Diciembre del dos mil ocho. Había calculado exactamente estar en la fecha justa para recibir el Año Nuevo. Ansiosa
de volver a casa de la Tita, su madre, se encontraba sobre la Calle El Escorial
situada a la derecha de Colonia La Providencia, sobre la cuesta de de la
Colonia Dolores, y de Los Tanques de Holanda, la misma calle que desemboca en
el Zoológico del Barrio Modelo, de San Salvador.
La casa donde vivía la
Tita, construida por Ingenieros expertos en suelos de desnivel, desde la
terraza, se dominaban los rumbos Norte,
y Sur. Hacia el Norte lindaba con las casas vecinas que existían sobre la misma
calle; y hacia el Sur, el Volcán de San Salvador erguido besando el cielo azul,
y abajo, en un hondo precipicio, casitas pequeñas del tamaño de cajas de
fósforos, formando las colonias y barrios aledaños; la casa construida de tres pisos. La entrada, al nivel de la calle
pavimentada, al abrirse la puerta principal se exhibía la sala principal de la
casa, decorada la pared blanca con un inmenso espejo cuyo marco dorado semejaba
un sol; una habitación con la moderna
cocina y un extenso extractor de humo; el elegante comedor de fina madera caoba, con
sus cuatro patas de león ; en el piso inferior, abajo, estaba el bar separado
de la terraza por una puerta de vidrio.
Un pequeño mirador, donde se recibía la brisa, tanto del sol matutino, y vespertino;
noche y su rocío. Apreciándose el
lucerío de las colonias; ahí, hermosamente colgaba un trapecio de cadenas
doradas, asiento de madera pulida, que servía para mecerse, y un diván del
siglo pasado; se admiraba en la lontananza el paisaje de San Salvador; y en el sótano, los dormitorios de la Tita y
de Circe. Todas, las paredes, decoradas
por muchos cuadros de reconocidos pintores salvadoreños.
Circe, por su edad,
inquieta, apenas amaneció al siguiente día, y teniendo como excusa la
celebración del Año Nuevo, se dirigió a la calle, donde se encontró afuera con
sus vecinos, dos jóvenes que dijeron llamarse Maricarmen, y Jorge Eduardo, ambos universitarios, cada uno de veinte años
e inseparables, se les
notaba a flor de piel el amor mutuo que se profesaban. Circe, los invitó a la
cena de la medianoche. Los jóvenes, encantados aceptaron, y ofrecieron llegar.
Al siguiente, amaneció
siendo el Treinta y uno de Diciembre, la Tita en el curso del día, se afanaba
en preparar el pavo, y Circe le ayudaba aderezándolo. Por supuesto que también
estaban invitadas las amistades de la Tita para recibir la noche el Nuevo Año;
y cumpliendo con la tradición cenaron los invitados a las doce en punto,
brindaron con Champán y vino, admiraron regocijados desde el mirador, las luces
de pólvoras. El aparato tocaba a todo volumen la música tradicional del Año
Viejo: Faltan cinco pa las doce, El Año Viejo se va; Mi dulce Madrecita…
Al amanecer, los
invitados, uno a uno fueron despidiéndose… Maricarmen, y Jorge Eduardo,
también regresaban al vecindario, su casa. Por su edad, Circe, y por no estar
acostumbrada a tomar vino, mareada se fue a dormir. Estaba en lo mejor de conciliar
el sueño, y por su sopor, no podía distinguir si en realidad estaba ocurriendo,
lo que escuchaba a través de la pared, no distinguía si era el exceso de bebida, o su imaginación.
Ella escuchaba al otro lado de la pared de su dormitorio, unos extraños ruidos…
eran unos lamentos, gemidos como de dolor, ó tal vez de pasión, suspiros y
risas entre cortadas; a Circe esta situación le causó emociones libidinosas, y le gustó el despertar erótico de sus sentidos,
y al fin, logró dominarle el sueño, en medio de estrellas y luces fugaces en la nocturnidad de
su habitación.
Al siguiente día, el
Uno de enero, al nomás despertarse, se dirigió a la casa
vecina en busca de sus nuevos amigos. Para su sorpresa, una anciana abrió la
puerta, y le comentó que Maricarmen y Jorge Eduardo, jóvenes estudiantes
universitarios, si habían vivido ahí , muchos años atrás, pero en el año de
1979, a la edad de veinte años, unos sujetos vestidos de civiles, en un
vehículo Jeep verde olivo, se los llevaron rumbo desconocido; ellos habían aparecido a la semana, muertos, y
en estado de descomposición debajo de la peña conocida como Puerta del Diablo, en
Los Planes de Renderos.
La Puerta del Diablo,
un paraje desde siempre, turístico, situado a un kilómetro al Sur del Parque
Balboa, con vista panorámica, formado por dos rocas separadas desde donde se
divisa el litoral del Océano Pacifico, la Villa de Panchimaldo, el Lago de
Ilopango, el Cerro de La Pavas y el Volcán de San Vicente. Su nombre, está bien
puesto, ya que en la antigüedad, los indígenas lo usaban para brindar
sacrificios humanos a sus “dioses”; posteriormente, los cuerpos represivos,
torturaban políticos enemigos del gobierno de turno, colgándolos de los pies, boca
abajo, desde lo alto, donde los terminaban lanzando al vacío.
Efectivamente, en ese mismo lugar, habían encontrado a Maricarmen y a Jorge
Eduardo; habiendo sido también el lugar de hallazgo de la famosa bailarina de
danza folclórica Morena Celarié, dos días antes
de su cumpleaños, el 22 de abril de 1972. Esta artista se hizo famosa porque siendo coreógrafa
graduada del Palacio de Bellas Artes de México, daba presentaciones gratuitas
de danza en las escuelas, centros rehabilitación, y en el interior del país. En cierta ocasión ella declaró: “Soy bailarina por naturaleza, y no hay duda
que bailé en el vientre de mi madre, antes de nacer.”
Cuentan que ella vestiría siempre de blanco,
para cumplir con la promesa que una vez le hiciera a la Virgen Morena, la Virgen
de Guadalupe de México, ya que durante su infancia había tenido principio de
poliomelitis, y estuvo confinada a vivir muchos años en una silla de ruedas,
pidiéndole para ese entonces, a la Virgencita que le hiciera “el Milagro”, de
hacerla caminar nuevamente, que ella, le cumpliría dedicándole su vida a
danzar, vestida siempre de blanco.
Circe le aseguraba a la
ancianita que Maricarmen y Jorge Eduardo, habían estado disfrutando la cena de
Año Nuevo, en casa de la Tita, su madre, y que todos los invitados habían
conversado con ellos, que los habían visto, por lo que le era imposible creer
que estaban muertos!
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