sábado, 15 de junio de 2013

UN REMANSO EN MI NIÑEZ .Por Mireille Escalante Dimas Dedicado a la memoria de mi madre, doña Ana Dolores Suncín de Escalante Dimas

En un lugar remoto llamado  Finca “LA FLORIDA,” situada en el Cantón Las Higueras, Kilometro 52 de la carretera que de San Salvador, conduce  hacia Sonsonate, El Salvador, la  recuerdo como un lugar extenso, cultivada de café Borbón, árboles madereros;  potreros donde placenteramente las vacas pastaban, yo caminaba - a veces sola; otras, acompañada-  largos trechos por veredas polvosas y solitarias, gustaba visitar los  (1) ranchos de los colonos, mediando distancias grandes entre ellos; mi madre me permitía  jugar con sus pequeños  hijos, bailando (2) trompo, (3) chibolas, (4) capirucho, (5) haciéndole caricias a los fieles  perros “aguacateros de cuatro ojos”; pasaba por cercos apilados de piedra, y (6)  pantes de leña.

La escasez del  agua se palpaba  durante el  verano, no habían ríos ni pozos en ese lugar, mi madre me acostumbró al sabor del agua hervida para beber; además existía en abundancia agua de coco;  a pesar del agobio de la carestía, nosotros siempre teníamos (7) cantaradas de agua, ésta  la transportaba Lalo en una carreta- tanque;  durante el invierno, se recaudaba agua llovida en barriles  de metal. Me acostumbré  a bañarme con esa agua fresca, la cual me agradaba,  no obstante mi piel quedaba  resbaladiza, situación que no me incomodaba .

Por las mañanas: un calor –nada sofocante, soplando una agradable brisa.  Por las noches el cielo limpio, sin polución ni contaminación, asomándose la luna brillante,  y las estrellas titilantes. Aún recuerdo un espectáculo de la naturaleza, una lluvia de estrellas, parecían desprenderse en el infinito,  y caminar de un lado a otro en el cielo raso.  Allá por 1950. siendo una infante de aproximadamente cuatro años y medio, vivia con (8) la niña Lolita, mi madre;  solo ella y yo; mi padre, el Doctor  Alejandro, Abogado de prestigio, se mantenía muy lejos de nosotras,  en la ciudad capital, atendiendo a su clientela; nos visitaba frecuentemente, cada fin de semana.

Me había adaptado a la vida silvestre, hasta mi vestimenta era ruda, usaba botines,   pantalones de varón, camisas coloridas de  manga larga, y conmigo siempre un sombrero pequeño de palma;  jugaba con las flores plantadas afuera de la cabaña; diariamente mi vida era correr  de arriba- abajo, asustando a las mariposas multicolores eran flores que vuelan, de gran variedad de tamaño, entre ella las Monarcas, espectaculares por su brillantez en el  color,  enormes en su tamaño , sin embargo,  las habían de tamaño mediano y pequeño, pero tenían la característica   que se posaban todas en los crisantemos,  margaritas, pompones, lirios, y cambray.  Cariñosamente mi madre me llamaba  la “Caperucita del Monte”. A  las cuatro de la mañana acompañaba a Chepe Mingo  al ordeño de las vacas, portaba un tazón metálico , el cual  lo llenaba de leche  aún caliente, recién salida de la ubre de la vaca,  la que degustaba saborear tranquilamente. Había aprendido a descifrar el jilguero de los pajarillos, recuerdo preguntándome  mi madre - “¿Cómo dicen los pajaritos?” -; y yo le contestaba con orgullo, -  “Dicen Mirei dulce Mirei-

Cuando podaban los árboles de cafeto, yo exploraba el terreno, y conmigo acarreaba (9) un costal de yute, para sentarme,  buscaba la sombra de (10) un copinol, y recogía su fruto, para despues con una piedra  partía aquella corteza dura color café oscuro, extrayendo  su contenido, una semilla recubierta de un  polvito asemejando un terciopelo mostaza,  su sabor y olor, para mi agradable, diría  un néctar de los dioses. Hay  un refrán  que dice “el tiene mas saliva, traga más copinol”. Otras veces, también con una  piedra, rompia  la corteza dura de  (11) los caraos, que recogía del suelo, y extraía su majar de dulce sabor, el fruto despedía un  olor fuerte, para ciertas personas  hasta  ofensivo, pero particularmente para mí, a pesar del olor a “pie sucio”,  lo saboreaba como una exquisitez  gourmet. Jamás me enfermé del estomágo al deleitarme con esos exóticos frutos.

No me complicaba la  vida para entretenerme jugando  con la naturaleza. Había un árbol cuya flor parecía una diminuta  espada roja  saliendo de un botón verde, sera (12) el árbol de pito. Yo, siempre sentada sobre  mi costal,  bajo su sombra, recogía las flores, las abría extrayéndole el contenido blanco  que tenían dentro, luego las doblaba y las insertaba  al botón verde, calculándole que la mitad sobresaliera, y entonces comenzaba a soplar, saliendo un armonioso silbido, por cierto comestibles al cocinarse.    

El lugar donde vivíamos, y pernoctábamos, era una cabaña construida de (13) costilla de madera por fuera; sobre el techo, cubierta de (14)  tejas de barro;  en su interior, tablas en el piso; vigas gruesas que atravesaban arriba de una pared a la otra, en el techo, de donde pendían alambres sosteniendo canastas llenas de queso duro blando, chorizos, butifarras, salchichones, carne de res salada de preferencia (15)  “pecho”, no conocía la  refrigeradora, ni aparatos eléctricos de ninguna clase.

Dentro de la cabaña, habían dos camas de pita, pero con muchas mantas encima, que nos servían de colchón, recuerdo que dormía como un lirón y a pierna suelta. Había una mesa de regular tamaño, y cuatro sillas rusticas de madera; la puerta permanecía siempre abierta- en esa época, en 1950, no se conocía ni existía la delincuencia y quizá tampoco la pobreza –como lo hay en día. Había una ventana amplia, generalmente se mantenía abierta para la ventilación, para minimizar el calor, ya que la brisa refrescaba el ambiente; se cerraba, única y exclusivamente, solo para la hora justa de dormir. Cuando caía el manto oscuro del anochecer, nos alumbrábamos con candiles de mechas de (16) trapo y gas liquido; personalmente desconocía la luz eléctrica.

 El paisaje nocturno, todo un espectáculo majestuoso, era nada menos  el Volcan de Izalco - en su apogeo-, conocido como  el famoso “Faro de Centroamérica”, bautizado así por los marineros del Pacifico; vomitando día y noche la incensante candente lava, nunca imaginé, que algún se apagaría para siempre.

La cabaña situada en medio del cafetal borbón, rodeada además de árboles inmensos de madera fina, como el cedro,  conacaste,  laurel, y uno que otro, capuílin. Por ser el café  y capulin maduros, la  comida suculenta y favorita de los murciélagos,  mamíferos voladores y extraños, parientes de los roedores, se colgados por las noches dentro de la cabaña. Mi madre sabía que eran indispensables para  la ecología, por ello, no los combatía. Yo, totalmente ajena a las leyendas de vampiros,  convivía tranquilamente con ellos. Aprendí a no tenerles miedo.

Por las noches, los murciélagos  se colgaban de las patas, y encogían sus alas… sus diminutos ojos, nos miraban ya con familiaridad; desde que llegamos a vivir a la cabaña, ellos fueron nuestros fieles acompañantes. La niña Lolita, mi madre, me había enseñado que no debía temerles, me explicaba que era una especie necesaria, para mantener el equilibrio del medio ambiente, además se comían a los insectos como los zancudos; y por ese motivo nunca sufriríamos de malaria y paludismo. Ignoro como ella averiguó,  que  les gustaba fumar, encendía un (17) “Embajador”, un cigarro que no tenía filtro, luego, se subía sobre la cama y, con el cigarrillo prendido se lo ponía en la trompa del murciélago, y éste, lo aceptaba, y, hasta terminarlo, se tragaban el humo.

Yo, recostada sobre la cama, con la tenue luz del cándil, disfrutando del show nocturno, y  el entretenimiento:  las pericias  del murciélago fumando su cigarrillo, Además con la dulzura que caracterizaba a la niña Lolita, mi madre, escuchaba atenta la narración  de las  aventuras  de (18) Ulises ; otras veces  me contaba cuentos, hasta conciliar el sueño, y quedarme dormida  despues de un largo trajin.

 Recuerdo haber tenido una niñez feliz sin electricidad. ¡Como me hubiera gustado permanecer siempre en medio de ese  salvaje entorno,   en  esa edad y con la protección de mi madre al lado!

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NOTAS:
(1)   Ranchos de los colonos: casa con techo de zacate seco, paredes de baharque
(2)    Trompo: juguete elaborado de madera con una punta de metal, y una pita larga enrollada, que al desenrollarla  baila.
(3)    Chibolas:pelotitas  miniaturas elaboradas de vidrio.
(4)    Capirucho: juguete de madera conteniendo un trozo pequeño de madera unido por una cuerda a una bola perforada, cuyo objetivo es hacer incrustar el eje delgado al hueco del mazo.   
(5)     los fieles  perros “aguacateros de cuatro ojos”: perros  que no son de raza fina, posiblemente descendientes de los galgos españoles; cuatro ojo, por tener arriba de los ojos manchas negras.
(6)     pantes de leña: leña apilada en orden, raja sobre raja.
(7)    cantaradas de agua:recipientes de barro donde se guarda agua para tomar.
(8)    la niña Lolita: Se le dice “niña” a una persona del sexo femenino significando respeto, puede ser pequeña, joven, adulta y anciana.
(9)    un costal de yute:Bolsa grande de material textil que se saca de la corteza interior de varios árboles.                                             
(10)  copinol:  (del nahua «cuahuit», árbol, y «pinoli», harina.) (árbol leguminoso).
*      (11) los caraos:  son vainas largas cilindricas, duras de color café oscuro   llevando adentro miel oscura.
(12) el árbol de pito-Descripción - Arbol que llega a medir 10 m de alto. Tiene espinas en el tronco. Las hojas son trifoliadas de 8-15 cm largo como ancho. Las flores son rojas y están dispuestas en inflorescencias. Cada flor tiene forma de un pito, y se puede silbar. El fruto (el pito)  es una legumbre comestible. Semillas rojo brillantes, tóxicas. Se reproduce cortando las ramas, y se usa para cercos (13) costilla de madera- son tablas largas, usadas en construcción.
(14) teja de barro- una pieza de este material hecha en forma de canal; usada para cubrir exteriormente los techos y no permitir la entrada sol, y de agua de lluvia a un espacio dejándola escurrir.
(15)Pecho: Es la parte baja del frente de la res.
(16)Trapo:tela de algodon
(17) “Embajador”: La marca del cigarro que no llevaba boquilla
(18)Ulises: Personaje creado por Homero, cuyas  aventuras se narran en el libro de La Odisea.










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