lunes, 22 de abril de 2013

EL CIPITIO Por Dra, Mireille Escalante Dimas


EL CIPITIO, es un personaje cuyas raíces son  mayas, muy nuestras; debemos rescatarlo del abandono  en que se encuentra. Antaño fue famoso, y  hasta personificado en el Canal 10 de El Salvador, en la Serie de Televisión Cultural Educativa representado por Rolando Melendez, y lo personificaba con simpatía en sus variadas aventuras, llegando incluso a teletransportarse. Escritores salvadoreños talentosos y de renombre como Salarrué, Manlio Argueta, Jose Roberto Cea, lo han recuperado del olvido.
Nos  remontaremos a su engendramiento: la “Reina Luna”  llamada “Sihuehuet”, esposa del Dios de Dioses, Teotl, tuvo un desliz  amoroso con el “Lucero de la Noche”, y salió embarazada, su fruto fue Cipit… Teotl furioso e indignado por esa traición de amor, y de infidelidad,  maldijo para siempre a su mujer y al hijo de ésta;  proclamó a los cuatro vientos  las condenas eternas:  a ella, a  vivir en el exilio, infeliz y en total abandono cerca de los ríos, bosques y montañas - degenerándose su nombre al de Siguanaba; y al hijo de ésta, el Cipit, -tal como su nombre lo sugiere: Cipote, mantendría  perennemente la edad de diez años, como castigo tendría  sus pies al revés, para recordar  la traición de ese amor perverso y torcido, Cipit ó El Cipitío,  acompañaba a su madre por los recodos de los ríos, bosques y montañas, pero por ser inquieto, travieso, curioso y juguetón,  como cualquier pequeño, abandonaba a su madre, y se iba a visitar casas rurales, en busca de ceniza, su alimento predilecto; prefería ceniza de los pastizales quemados, de las cocinas y  hornos de leña .
El Cipitio no inspira miedo, ni terror, es la misma imagen de un niño inocente, más parece ser hijo de un campesino de principios de siglo, vistiendo  traje de manta blanca, una cebadera en sus manos, descalzo, con sus pies al revés,  y un estómago prominente, resaltándole su ombligo abultado; y sobre su cabeza lleva  un sombrero de palma grande, terminando en un cono alto invertido,  muy parecido a los sombreros de “los brujos” pero de alas anchas, y de color blanco amarillento… se ve rídiculo;
El Cipitio,  con toda la facilidad del mundo puede trasladarse rápidamente de un lugar a otro, en el territorio salvadoreño.
Muy cerca de Armenia, en el año de 1960, en el (1) Cantón Azacualpa, -porción baja de la Cadena Costera donde la Sabana Tropical Caliente, se caracteriza por su predominante clima cálido, en  cuyas suaves pendientes y cuenca de captación, se encuentran ríos de profundos cañones, conteniendo  aguas frescas y heladas que corren río abajo, hasta desembocar en el mar; otros ríos atraviesan las llanuras  costeras para llegar siempre al mar.
El río principal es el Azacualpa ó Pito, cuyo  nacimiento se genera de la unión de las quebradas Barranca El Pital y Barranca del Puente o Llano Grande, a 4.5 kilómetros al noroeste de la ciudad de Armenia.
Era la época de abundancia, los bosques reverdecidos y tupidos, de hojas verde  clorofila, y arboles floreciendo, donde el Maquilishuat se vestía de rosado, el Cortez blanco, totalmente de flores amarillas, izotes cosechando flores, madre-cacao, caraos, almendros gigantes de río, aceitunos de frutos negros, mangos indios, y de clase, morro para elaborar huacales, cedros para madera, bálsamo para medicina, paternas, pepetos, aguacates, como fruta comestible.
Sus habitantes acostumbrados a trabajar en el campo, donde el ocio y  el vicio, eran desconocidos. Habían quienes sembraban cereales: maíz, maicillo y frijol, mientras otros daban mantenimiento a los cafetales. Las mujeres, se empeñaban en moler el maíz para hacer la masa, y echar   las tortillas, luego prepararles su almuerzo, llevárselos, y acompañarlos a comer. Las jovencitas de diecisiete años en adelante , a las seis de la mañana, se dedicaban a ir al río Azacacualpa a lavar la ropa sucia. Llevaban sus huacales llenos de ropa sucia y regresaban con la ropa seca y limpia. Todo el día,  permanecían, en el río. Para lavar la ropa escogían una piedra hermosa, plana, como si se tratara de una laja de medio metro. Se quedaban solo en un fustán de dacrón, con las tetas libres, mostrando sus pezones como botones de rosas,  para que no les estorbara la vestimenta al restregar la ropa sucia; ésta, la untaban con jabon de cuche, le pegaban a la piedra como si estuvieran castigando a la ropa.  luego, la retorcían. Toda la ropa era blanca, de manta, y cuando consideraban que estaba impecablemente limpia, la tendían en piedras asoleadas y secas. Mientras se secaba la ropa lavada, se dedicaban a bañarse en las pozas del Azacualpa, jugaban de cachar pelota, buscar cangrejitos debajo de las piedras donde la corriente es suave, intentaban agarrar pescaditos con las manos, en fin, así pasaban la mañana y parte de la tarde. Ellas sabían que las vigilaba El Cipitío, y que él se encargaba de cuidarlas: para demostrar su presencia, les tiraba piedras pequeñitas para no lastimarlas, y se escondía detrás de un matorral, ó del tronco de un árbol.
En el Cantón Azacualpa, existía en su fauna terrestre garrobos, iguanas, lagartijas, culebras, víbora castellana, cascabel, masacuata, bejuquilla, coral, roedores (ratas y ratones), tepezcuintle, tacuazín, zorrillos, conejos, gatos zonto ó montés, cusucos o armadillos, mapaches y zorras
Sobre los bosques, montañas y ríos, sobrevolaban gavilanes, chachas, búhos, palomitas ala blanca, chiltotas, tortolitas, pájaros carpinteros, picos de navaja, chejes, chontas, guajolotes, dichoso fui, golondrinas, pijuyos, gorriones. codornices, llaneras, arroceros, pirulís, y sanates.
Un día de tantos, a la Marla, recién cumplidos sus dieciocho años, pelo azabache, largo y lascio, de buen porte, bonitas piernas, y hermosos pechos, morena quemada por el sol, y su cara de rasgos pipiles que la remontaban a sus orígenes, y a los orígenes del Cipitío, de la Sihuehuet y del Dios Teotl,  se le metió el “malespiritu”, y se enamoró del Chente.  Se dió cita a las tres de la tarde de ese día jueves… La Marla caminando muy disimuladamente  río abajo del Azacualpa, un poco retirada de sus compañeras, solo con su fustán pegado al cuerpo por la humedad, y los pechos al desnudo fue al encuentro del Chente, éste no pudo contenerse, se le abalanzó a la Marla para abrazarla y besarla emotivamente, y así se amaron; recostados bajo una sombra de un árbol,  a la orilla del río Azacualpa. el Cipitío, fue  testigo mudo de dicho idilio; él se indignó tanto, tanto,  que optó por alejarse del todo del Azacualpa, y no volver jamás, pero eso si, se llevó consigo a todos los venados y conejos de la región.    
(1)Bibliografia] 













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