EL CIPITIO, es un personaje cuyas
raíces son mayas, muy nuestras; debemos rescatarlo del abandono en
que se encuentra. Antaño fue famoso, y hasta personificado en el Canal 10
de El Salvador, en la Serie de Televisión Cultural Educativa representado por Rolando
Melendez, y lo personificaba con simpatía en sus variadas aventuras, llegando
incluso a teletransportarse. Escritores salvadoreños talentosos y de renombre
como Salarrué, Manlio Argueta, Jose Roberto Cea, lo han recuperado del olvido.
Nos remontaremos a su
engendramiento: la “Reina Luna” llamada “Sihuehuet”, esposa del Dios de
Dioses, Teotl, tuvo un desliz amoroso con el “Lucero de la Noche”, y
salió embarazada, su fruto fue Cipit… Teotl furioso e indignado por esa
traición de amor, y de infidelidad, maldijo para siempre a su mujer y al
hijo de ésta; proclamó a los cuatro vientos las condenas eternas:
a ella, a vivir en el exilio, infeliz y en total abandono cerca de
los ríos, bosques y montañas - degenerándose su nombre al de Siguanaba; y al
hijo de ésta, el Cipit, -tal como su nombre lo sugiere: Cipote, mantendría
perennemente la edad de diez años, como castigo tendría sus pies al
revés, para recordar la traición de ese amor perverso y torcido, Cipit ó
El Cipitío, acompañaba a su madre por los recodos de los ríos, bosques y
montañas, pero por ser inquieto, travieso, curioso y juguetón, como
cualquier pequeño, abandonaba a su madre, y se iba a visitar casas rurales, en
busca de ceniza, su alimento predilecto; prefería ceniza de los pastizales
quemados, de las cocinas y hornos de leña .
El Cipitio no inspira miedo, ni
terror, es la misma imagen de un niño inocente, más parece ser hijo de un
campesino de principios de siglo, vistiendo traje de manta blanca, una
cebadera en sus manos, descalzo, con sus pies al revés, y un estómago
prominente, resaltándole su ombligo abultado; y sobre su cabeza lleva un
sombrero de palma grande, terminando en un cono alto invertido, muy parecido
a los sombreros de “los brujos” pero de alas anchas, y de color blanco
amarillento… se ve rídiculo;
El Cipitio, con toda la
facilidad del mundo puede trasladarse rápidamente de un lugar a otro, en el
territorio salvadoreño.
Muy cerca de Armenia, en el año de
1960, en el (1) Cantón Azacualpa, -porción baja de la Cadena
Costera donde la Sabana Tropical Caliente, se caracteriza por su predominante
clima cálido, en cuyas suaves pendientes y cuenca de captación, se
encuentran ríos de profundos cañones, conteniendo aguas frescas y heladas
que corren río abajo, hasta desembocar en el mar; otros ríos atraviesan las
llanuras costeras para llegar siempre al mar.
El río principal es el Azacualpa ó
Pito, cuyo nacimiento se genera de la unión de las quebradas Barranca El
Pital y Barranca del Puente o Llano Grande, a 4.5 kilómetros al noroeste de la
ciudad de Armenia.
Era la época de abundancia, los
bosques reverdecidos y tupidos, de hojas verde clorofila, y arboles
floreciendo, donde el Maquilishuat se vestía de rosado, el Cortez blanco,
totalmente de flores amarillas, izotes cosechando flores, madre-cacao, caraos,
almendros gigantes de río, aceitunos de frutos negros, mangos indios, y de
clase, morro para elaborar huacales, cedros para madera, bálsamo para medicina,
paternas, pepetos, aguacates, como fruta comestible.
Sus habitantes acostumbrados a
trabajar en el campo, donde el ocio y el vicio, eran desconocidos. Habían
quienes sembraban cereales: maíz, maicillo y frijol, mientras otros daban
mantenimiento a los cafetales. Las mujeres, se empeñaban en moler el maíz para
hacer la masa, y echar las tortillas, luego prepararles su
almuerzo, llevárselos, y acompañarlos a comer. Las jovencitas de diecisiete
años en adelante , a las seis de la mañana, se dedicaban a ir al río Azacacualpa
a lavar la ropa sucia. Llevaban sus huacales llenos de ropa sucia y regresaban
con la ropa seca y limpia. Todo el día, permanecían, en el río. Para lavar la ropa
escogían una piedra hermosa, plana, como si se tratara de una laja de medio
metro. Se quedaban solo en un fustán de dacrón, con las tetas libres, mostrando
sus pezones como botones de rosas, para que no les estorbara la
vestimenta al restregar la ropa sucia; ésta, la untaban con jabon de cuche, le
pegaban a la piedra como si estuvieran castigando a la ropa. luego, la retorcían. Toda la ropa era blanca,
de manta, y cuando consideraban que estaba impecablemente limpia, la tendían en
piedras asoleadas y secas. Mientras se secaba la ropa lavada, se dedicaban a
bañarse en las pozas del Azacualpa, jugaban de cachar pelota, buscar
cangrejitos debajo de las piedras donde la corriente es suave, intentaban
agarrar pescaditos con las manos, en fin, así pasaban la mañana y parte de la
tarde. Ellas sabían que las vigilaba El Cipitío, y que él se encargaba de
cuidarlas: para demostrar su presencia, les tiraba piedras pequeñitas para no
lastimarlas, y se escondía detrás de un matorral, ó del tronco de un árbol.
En el Cantón Azacualpa, existía en su
fauna terrestre garrobos, iguanas, lagartijas, culebras, víbora castellana,
cascabel, masacuata, bejuquilla, coral, roedores (ratas y ratones),
tepezcuintle, tacuazín, zorrillos, conejos, gatos zonto ó montés, cusucos o
armadillos, mapaches y zorras
Sobre los bosques, montañas y ríos,
sobrevolaban gavilanes, chachas, búhos, palomitas ala blanca, chiltotas,
tortolitas, pájaros carpinteros, picos de navaja, chejes, chontas, guajolotes,
dichoso fui, golondrinas, pijuyos, gorriones. codornices, llaneras, arroceros,
pirulís, y sanates.
Un día de tantos, a la Marla, recién
cumplidos sus dieciocho años, pelo azabache, largo y lascio, de buen porte,
bonitas piernas, y hermosos pechos, morena quemada por el sol, y su cara de
rasgos pipiles que la remontaban a sus orígenes, y a los orígenes del Cipitío,
de la Sihuehuet y del Dios Teotl, se le metió el “malespiritu”, y se
enamoró del Chente. Se dió cita a las tres de la tarde de ese día jueves…
La Marla caminando muy disimuladamente río abajo del Azacualpa, un poco
retirada de sus compañeras, solo con su fustán pegado al cuerpo por la humedad,
y los pechos al desnudo fue al encuentro del Chente, éste no pudo contenerse,
se le abalanzó a la Marla para abrazarla y besarla emotivamente, y así se
amaron; recostados bajo una sombra de un árbol, a la orilla del río
Azacualpa. el Cipitío, fue testigo mudo de dicho idilio; él se indignó
tanto, tanto, que optó por alejarse del todo del Azacualpa, y no volver
jamás, pero eso si, se llevó consigo a todos los venados y conejos de la
región.
(1)Bibliografia]
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